Saturday, September 30, 2006

El Dios que habla - Hebreos 1,1-4

Los ídolos no pueden hablar (Salmo 115,4-7), pero nosotros seguimos a un Dios que sí puede hacerlo. El Señor se comunicó con los santos del Antiguo y el Nuevo Testamento, de diversas maneras. Habló con voz audible para dar testimonio de Su Hijo (Mateo 3,17), dio instrucciones a Pablo en el camino de Damasco (Hechos 9:6), utilizó sueños para revelar sucesos futuros (Génesis 37,5-11), y una visión para comunicarse con Pedro (Hechos 10,9-16). Envió a ángeles para proclamar Su voluntad (Lucas 1,26-37), y dispuso los acontecimientos para comunicar Su mensaje (2 Reyes 5,6-15). El Señor sigue hablando hoy. La Palabra de Dios escrita es nuestra fuente principal para conocer Su voluntad. Por el ministerio de la presencia interior del Espíritu Santo, recibimos el conocimiento de las verdades bíblicas y su aplicación a la vida diaria. Otras veces, el Espíritu de Dios se comunica directamente con nosotros, impactando nuestro espíritu con Su mensaje. Cuando esto suceda, debemos verificar cuidadosamente que lo que oímos es correcto. Si no se ajusta a la Biblia, no fue Dios quien lo dijo. El Señor también utiliza las circunstancias para confirmar lo que nos dice en Su Palabra. También las visiones exigen mucha cautela. Dios elige comunicarse de esta manera raras veces, prefiriendo por lo general hablar por otros medios. Los vellones, como el que utilizó Gedeón (Jueces 6,36-40), pueden ser sujetos a la manipulación humana y, por tanto, no son confiables. No son la mejor manera para conocer la voluntad del Señor.

Wednesday, September 27, 2006

El propósito divino de la gracia - Romanos 12,1

La influencia más grande sobre un creyente es la gracia transformadora de Dios. El deseo del Señor es que todos los creyentes sean conformados a la imagen de Su Hijo. Cada circunstancia y problema que enfrentamos nos acercan más a ese propósito divino de que tengamos un carácter como el de Cristo. Pablo lo explica así: -Por la gracia de Dios soy lo que soy? (1 Co. 15,10). Cuando alguien es transformado de pecador en santo, su vida refleja estas cuatro nuevas actitudes: Verdadera humildad. En un corazón lleno de la gracia divina, no hay lugar para el orgullo. Lo que tenemos que hacer es dirigir a otros a Jesucristo, reconociendo que nuestras cualidades positivas y nuestros logros provienen de Dios. Obligación. Pablo estaba agradecido por la gracia inmerecida de Dios, y a cambio de ello dio su vida al Señor. Pasó su vida diciendo a todos lo que Cristo había hecho por él. Nosotros, también, tenemos un mensaje que dar. Muchas personas que sufren, esperan saber del amor de Dios a través de alguien que ha experimentado Su gracia. Dependencia. Los creyentes nunca van por la vida cristiana solos. El poder que nos transforma de pecadores en santos está en actividad cada día en nuestras vidas. Por eso reconocemos con gozo que Cristo en nosotros lleva a cabo el trabajo que el Padre nos ha asignado. Confianza. Pablo dijo: -He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe? (2 Timoteo 4,7). Nosotros debemos también decir con la misma seguridad, que hicimos todo lo que el Señor pidió o exigió de nosotros en esta vida.

Monday, September 18, 2006

La libertad en Cristo - Juan 8,31-36

La libertad es un ideal muy amado por todo el mundo. Como creyentes, somos los herederos de la liberación del pecado y de la perdición eterna en el infierno. Cristo ha prometido que la verdad será la llave que nos dará la libertad del pecado. Esa verdad es el reconocimiento por nuestra parte de que quiénes somos en Él. Somos hijos e hijas de un Padre celestial que nos ama incondicionalmente. La muerte expiatoria de Jesús cubrió nuestros pecados e hizo posible nuestra intimidad con Dios. Por tanto, el Espíritu Santo mora en cada creyente para saturarlo de Su poder y sabiduría. Puesto que ningún pecado puede derrotar al Dios que creó al Universo con Su Palabra, tampoco puede el pecado dominar una vida consagrada al propósito del Señor. Pero a veces apartamos nuestra mente de las cosas del Señor, y la ponemos en la tentación. Si no nos arrepentimos de inmediato, el pecado puede llevarnos a renunciar a nuestra libertad poco a poco, hasta que somos aprisionados. Pero el plan de Dios dice que los creyentes con problemas deben reclamar la libertad que tienen en Cristo. Como hijos suyos, contamos con dos promesas: Él responderá nuestras oraciones, y suplirá todas nuestras necesidades (1 Juan 5,14 -15; Filipenses 4,19). Dios escucha nuestro clamor de misericordia y perdón, y responde abriendo la puerta de nuestra prisión. Los muros podrán parecernos altos para escapar, o sólidos para destruirlos, pero la llave está siempre en nuestra mano: la verdad de quiénes somos en Cristo: hijos libres, salvos por la gracia divina, y victoriosos para siempre sobre las cadenas del pecado.

Friday, September 15, 2006

El propósito del dolor - Mateo 16, 24-27

Señor, si me amas, ¿por qué tengo que sufrir? Esto preocupa a muchos cristianos en sus momentos más dolorosos de necesidad. Aunque los sufrimientos son de naturaleza y duración diferentes, el dolor siempre tiene un objetivo superior a nuestro bienestar, satisfacción o metas personales. Si buscamos el propósito que tiene Dios con nuestras aflicciones, descubriremos Su paz y Su profundo amor por nosotros. El dolor instruye. La suficiencia de Cristo es más evidente en los momentos de sufrimiento que en medio de las bendiciones. Descubrir la fiel provisión de Dios fortalece nuestra determinación de sobrellevar el sufrimiento. El dolor purifica. Una fe falsa no puede soportar las llamas de la aflicción. Las pruebas nos muestran la verdad en cuanto al mundo en que vivimos, la naturaleza de las personas con quienes nos relacionamos, y el valor incomparable del Señor. El dolor motiva. El sufrimiento nos lleva a Dios. ¿Cuántas veces hemos escuchado testimonios de personas que encontraron al Señor en su prueba más severa? En Su sabiduría, nuestro Padre celestial sabe si debemos ser motivados por las bendiciones o por las aflicciones. El dolor nos lleva a tener intimidad con Dios. Al final de nuestros recursos se halla el poder infinito del Señor. Sus brazos nos garantizan el consuelo y las fuerzas que sólo se logran por medio de una relación íntima con el Padre celestial. Vivir una vida fácil no nos asegura recompensas. Aunque nuestro instinto es evitar el dolor, el sufrimiento nos ayuda a encontrar la intimidad con Dios.

Friday, September 08, 2006

Plenitud para una vida vacía - Juan 4,3-18

Hay personas ancianas, hombres y mujeres en edad madura, y adolescentes con corazones igualmente vacíos para los cuales no hay ninguna receta médica. La mujer samaritana junto al pozo representa a los millones de personas que a través de la historia se han esforzado por satisfacer su anhelo de amor y realización. Pero la sensación de vacío no puede ser satisfecha hasta que la persona experimenta el amor de Dios. Fuimos creados para honrar y glorificar al Señor; ningún acto de adoración, ya sea hacia una persona del sexo opuesto, una posición mundana, el trabajo o el dinero, pueden dar una sensación de placer y propósito a largo plazo. No es de extrañar, entonces, que cuando el Señor Jesús le ofreció a la samaritana un trago que calmaría su sed para siempre, ésta lo aceptara con ansias (v. 15). La promesa de la salvación es más que la eliminación de la culpa. Recibir a Cristo como Salvador significa que Él mora dentro del espíritu de cada creyente para expresar Su amor a nosotros y a través de nosotros. Si estamos dispuestos a aceptar la muerte de Cristo y pedir Su perdón por nuestros pecados, que lo llevaron a la cruz, podemos experimentar el continuo desbordamiento del amor de Dios llenando nuestro vacío y callando nuestro clamor. El creyente que se siente vacío debe ir a Dios y confesar honestamente cualquier pecado que albergue en su corazón. El pecado y la idolatría bloquean nuestra comunión con el Padre, pero el arrepentimiento rompe la represa. La única satisfacción para una vida vacía es el amor que Dios ofrece gratuitamente.

Monday, September 04, 2006

Recompensas de la obediencia - 2 Reyes 5

Cuando Naamán se sumergió siete veces en las turbias aguas del río Jordán, la respuesta del Señor fue inmediata y misericordiosa. Las manchas de la enfermedad común a los leprosos fue sustituida por una piel sana . Confrontado con la evidencia de la superioridad de Dios, Naamán prometió adorarlo a Él solamente. La necesidad a menudo precede al reconocer la naturaleza de Dios como el Proveedor. El deseo de sanidad de Naamán fue mayor que su incredulidad y su orgullo, haciendo que buscara la curación del Dios de Israel. El Señor utilizó el deseo de Naamán de sanidad física, para despertar su espíritu. La obediencia requiere a veces una acción que no parece razonable. Naamán no veía ninguna razón lógica para lavarse en el río Jordán. Si el río tenía poderes curativos, muchos leprosos habrían venido corriendo a él todos los días. Pero la obediencia no se basa en lo que otros hacen; más bien, tenemos que obedecer de todo corazón los mandamientos que Dios nos ha dado. Supongamos que Naamán hubiera sido vencido por la desesperación y sólo se hubiera sumergido seis veces. Habría muerto leproso y como un pecador, porque la obediencia parcial es lo mismo que la desobediencia. Los creyentes muchas veces quieren saber antes de qué manera, cuándo y por qué las instrucciones divinas cambiarán sus circunstancias. Pero la fe requiere que procedamos en base a lo que ya sabemos; o sea, que nuestro Padre celestial lo hace todo para el bien de Sus seguidores. A su vez, Él recompensa nuestra obediencia respondiendo nuestras oraciones y dándonos bendiciones constantes.

Friday, September 01, 2006

Libertad Espiritual - Gálatas 6,14-16

Las personas crean prisiones para sí mismas con sus propios pecados. Pero, para los creyentes, la libertad fue comprada en la cruz. Cuando los cristianos piensan en la cruz, algunos limitan los efectos de la salvación a la libertad del poder del pecado que ocurrió una sola vez. Por eso, las personas oran repetidamente para recibir a Jesús, esperando que serán suficientemente buenas para evitar pecar. Pero la salvación no es una tarjeta gratuita para librarse del infierno, hasta que cometemos otra falta; más bien, el perdón de Cristo cubre todos los pecados pasados, presentes y futuros. Además, recibimos una medida completa de Su Espíritu para que more en nosotros. Pablo explica la idea así: El mundo ha sido crucificado para mí, y yo para el mundo? . Las tentaciones diarias de pecar que una vez parecían tan atractivas, tienen ahora poco interés para el creyente lleno del Espíritu. Somos liberados para procurar el propósito de Dios y el gozo que se tiene al servirlo. La libertad espiritual es una decisión. Nuestros pecados son borrados en la salvación, no así la tentación. Antes bien, el creyente debe decidir siempre ser crucificado al pecado, o como dice Jesús, a tomar su cruz y seguirle (Lucas 9,23). La cruz no es una carga, sino el símbolo de que somos libres y seguidores de Cristo perdonados. La libertad que da la salvación no es un secreto para guardarlo. El Señor dio a Sus seguidores la Gran Comisión de alcanzar a otros, porque Su mensaje es el único mensaje que puede transformar a un esclavo del pecado en un alma libre y salva. La cruz es la única esperanza de libertad espiritual.