La libertad en Cristo - Juan 8,31-36
La libertad es un ideal muy amado por todo el mundo. Como creyentes, somos los herederos de la liberación del pecado y de la perdición eterna en el infierno. Cristo ha prometido que la verdad será la llave que nos dará la libertad del pecado. Esa verdad es el reconocimiento por nuestra parte de que quiénes somos en Él. Somos hijos e hijas de un Padre celestial que nos ama incondicionalmente. La muerte expiatoria de Jesús cubrió nuestros pecados e hizo posible nuestra intimidad con Dios. Por tanto, el Espíritu Santo mora en cada creyente para saturarlo de Su poder y sabiduría. Puesto que ningún pecado puede derrotar al Dios que creó al Universo con Su Palabra, tampoco puede el pecado dominar una vida consagrada al propósito del Señor. Pero a veces apartamos nuestra mente de las cosas del Señor, y la ponemos en la tentación. Si no nos arrepentimos de inmediato, el pecado puede llevarnos a renunciar a nuestra libertad poco a poco, hasta que somos aprisionados. Pero el plan de Dios dice que los creyentes con problemas deben reclamar la libertad que tienen en Cristo. Como hijos suyos, contamos con dos promesas: Él responderá nuestras oraciones, y suplirá todas nuestras necesidades (1 Juan 5,14 -15; Filipenses 4,19). Dios escucha nuestro clamor de misericordia y perdón, y responde abriendo la puerta de nuestra prisión. Los muros podrán parecernos altos para escapar, o sólidos para destruirlos, pero la llave está siempre en nuestra mano: la verdad de quiénes somos en Cristo: hijos libres, salvos por la gracia divina, y victoriosos para siempre sobre las cadenas del pecado.

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