Nuestro inseparable compañero - Juan 14,16-18
La soledad invadirá a toda persona en algún momento de su vida. Sin embargo, los creyentes nunca estamos solos, porque Dios nos ha dado un compañero permanente: el Espíritu Santo. Nadie puede sinceramente prometer que estará siempre accesible para otra persona; la realidad de la vida, la distancia e incluso la muerte, pueden separar a dos personas que preferirían enfrentar las dificultades juntas. Felizmente, al enviar al Espíritu Santo a vivir dentro de nosotros, Jesucristo cumple Su promesa de no dejarnos ni desampararnos (Hebreos 13,5). Nuestro Compañero es superior a cualquier amigo humano. Puesto que es una persona de la Trinidad, Él es capaz de responder a todas nuestras necesidades. El conocimiento previo del Espíritu Santo le permite preparar nuestros corazones y nuestras mentes para cualquier situación. Por tanto, no tenemos jamás que tener dudas o sentirnos incompetentes. Dios quiso que sólo estemos completos cuando Su Espíritu mora en nosotros, lo cual sucede en el momento que somos salvos. Sin embargo, podemos ignorar al Espíritu Santo. Hay quienes intentan vivir la vida cristiana con sus propias fuerzas, o saltarse las lecturas bíblicas que consideran inconvenientes. Esa clase de vida está caracterizada por el descontento: la paz será efímera, y sentirá que la soledad es la residente permanente del corazón. Si evitamos la compañía del Espíritu, nos distanciamos del Padre celestial. Pero si le pedimos al Espíritu que guíe nuestros pasos y abra nuestra mente a las cosas del Señor, Dios se nos vuelve accesible.
