Tuesday, February 27, 2007

La Pasión por proclamar a Cristo - Col. 1,28-29

¿Qué actividades le causan a usted vergüenza? Quizás no se siente cómodo cantando en público, o se ruboriza cuando es sorprendido hablando consigo mismo. ¿Le avergüenza hablar de Jesús? No decir nada puede parecer más seguro que arriesgarse al ridículo o ser visto como un fanático. Es lamentable que muchos creyentes callados desperdicien sus vidas. Son tantas las cosas buenas que recibimos de Dios: perdón, sanidad, respuestas a la oración y la presencia del Espíritu Santo. La lista pudiera seguir. Nuestro tema favorito debiera ser Jesucristo y Su salvación transformadora. El apóstol Pablo hablaba libremente de su gran pecado antes de ser redimido (Hch. 26,12-18). Fue un perseguidor de la iglesia, transformado luego en un misionero de Cristo por la gracia de Dios. Nada de lo que había en Pablo lo hacía digno de la salvación, y él lo sabía. Por tanto, nunca dejó de alabar públicamente al Señor y proclamar Su amor. Sin embargo, a pesar de la magnitud de los pecados de Pablo, él no recibió una medida mayor de gracia que nosotros. Es posible que hayamos vivido una vida de gran moralidad antes de recibir la salvación, pero aun así el pecado nos separaba de Dios. Los creyentes a veces olvidan el poder transformador de Jesús. Por eso nos sentimos muy avergonzados o incómodos cuando hablamos del gran cambio que Él ha hecho en nuestras vidas. Podemos pensar que somos mejores que Pablo o que nuestro profesor ateo. No lo somos. Lo que nos separa a "nosotros" de "ellos" (creyentes y no creyentes) es que hemos recibido a Jesús, y que ellos necesitan escuchar nuestra proclamación de Él.

Saturday, February 24, 2007

Una batalla invisible - Efesios 6,10-12

Satanás sí existe; nuestra dolorida sociedad es prueba de su realidad. Quienes lo ignoren, lo hacen a su propio riesgo. Esto vale también para los creyentes, porque estamos en guerra contra él. La batalla espiritual es personal: Satanás idea ataques específicos para cada persona. Aunque Satanás no puede robarle a Dios el espíritu del creyente, si puede molestarnos física, mental, emocional y espiritualmente. Cada ataque busca derrotar nuestro testimonio, para que no podamos tener una vida victoriosa centrada en Cristo. Nuestro enemigo no es omnisciente, pero sí astuto. Observa nuestras fortalezas y debilidades para precisar las mejores áreas a atacar. Tan pronto como su presa está cómoda y no anticipa ningún problema, el Adversario saca una trampa. Entre sus técnicas más engañosas está esconderse tras rostros familiares para dirigir mal nuestra ira. Por ejemplo, puede tentar a un esposo a hacer una mala decisión financiera que encoleriza a su esposa y le crea inseguridad. Pero el esposo no es su enemigo; él necesita su amor y su perdón. El enemigo es siempre Satanás y su legión de demonios. Al conocer la Escritura, podemos reconocer a nuestro enemigo. La Biblia también contiene una seguridad importante: "El que está en vosotros es mayor que el que está en el mundo" (1 Jn. 4,4). Todas las fuerzas del infierno no pueden compararse con el poder sobrenatural de un solo creyente. Tenemos a Cristo viviendo en nosotros, al mismo Cristo que triunfó sobre la cruz y cuya victoria final sobre Satanás está profetizada en el libro de Apocalipsis. Por medio de Él podemos vencer a Satanás y tener la victoria en nuestras batallas invisibles.