Los obstáculos como bendición - Josue 6,15-23
La búsqueda de Dios a través de su Hijo Jesucristo debe ser nuestro objetivo supremo. Esto exige consagración, diligencia, perseverancia, confianza y humildad. ¿Qué acciones podemos tomar para buscarle? Primero, necesitamos estudiar las Escrituras. Un estudio permanente de ellas hará que nuestra fe crezca y nos provea de lo que necesitamos para la vida y la piedad (2 Pedro 1:3). Luego, debemos mantener una activa vida de oración. Orar es conversar con Dios, y esto entraña tanto hablar como escuchar. Tercero, debemos meditar, lo que implica la consideración devota de lo que leemos en la Palabra. Significa asimilar un pasaje de la Biblia versículo por versículo, y preguntarle al Señor qué significa. Por medio de la guía del Espíritu Santo, entenderemos su aplicación a la vida. Este proceso nos lleva a ayuda a absorber Sus verdades, para que podamos vivir por ellas. Al asimilar los principios de la Biblia obtenemos sabiduría. Esto hará más fácil saber dónde está actuando el Señor, y evaluaremos nuestras circunstancias a la luz de Su carácter y de Su plan. También sabremos cuándo debemos actuar. A medida que escuchemos los mensajes basados en la Palabra de Dios, creceremos en el Señor. Escuchar consiste en el deseo de oír, la disposición de actuar, y la determinación de que nada nos distraiga. Por último, debemos observar como Dios está actuando en las vidas de otras personas, lo cual también nos beneficiará a nosotros. Dios promete recompensar nuestra búsqueda. A veces, seremos bendecidos con mayores conocimientos, y en otras, con un gozo inexplicable.
Una casa sin muebles da una sensación de vacío. Se nota cada mancha en las alfombras y en las paredes, y las habitaciones se sienten frías. Podemos sentirnos como esa casa vacía cuando nos negamos a aceptar la voluntad a Dios. El Espíritu Santo vive dentro de nosotros, pero no tenemos las bendiciones para llenar los cuartos. Los creyentes son inundados por las bendiciones del Señor cuando practican la sumisión intencional y voluntaria. Cuando hacemos la decisión premeditada de rendir a Jesucristo lo que tenemos, el control, y el uso de todo nuestro ser. Eso significa ir adonde Él nos envíe, hacer lo que Él nos pida, y desear lo que Él desee. Quiere decir que, aunque no queramos obedecer, lo hacemos, sea como sea. Todo creyente, al final, llegará a un punto en que tendrá que hacer una importante decisión en cuanto a su sacrificio del yo: o apostamos a nuestra propia capacidad de generar una buena vida, o reconocemos el derecho que tiene el Señor de asumir el mando, porque Él lo sabe todo y porque siempre actuará en favor nuestro. Por supuesto, no importa lo que decidamos, Dios es quien verdaderamente tiene el control, por lo que la decisión verdadera será la obediencia o la rebeldía. Nuestra vida diaria está llena de situaciones que ponen a prueba nuestra determinación de permanecer fieles, y por eso cada día debemos renovar nuestra entrega a Dios. A cambio, Él le usará para edificar Su reino y darle innumerables bendiciones, llenando su vida con la paz y el gozo que resultan solamente de servirle a Él. |
¿Alguna vez quiso tener un teléfono de emergencia que sonara en el cielo? La verdad es que tenemos algo mucho mejor. El Espíritu Santo vive dentro de nosotros para ser nuestro ayudador en todas las situaciones. La noche antes de Su crucifixión, Jesús dijo a Sus discípulos que partiría pronto. La noticia les produjo confusión y frustración, aunque no era la primera vez que les había hablado de Su muerte. Pero el Señor aseguró a Sus seguidores de que les enviaría otro Ayudador. La palabra griega para "otro" implica que el nuevo Ayudador sería como el anterior, un ser divino con acceso al Padre. Tal como prometió, el Espíritu de Dios vino a morar en todos los que reciben a Jesucristo como Salvador (Hechos 2,1-4). Nuestro Ayudador tiene un papel particular dentro de la Trinidad. El Padre reina sobre todos, el Hijo está sentado a Su diestra intercediendo por los creyentes, y el Espíritu Santo capacita a los cristianos para realizar el trabajo que Dios ha dispuesto para cada uno de ellos. El Padre sabía que no podríamos seguirle sin ayuda, y por eso Jesús dijo a los discípulos que aguardaran la venida del Espíritu Santo para comenzar la predicación del Evangelio. Para cualquier cosa que estemos llamados a hacer en nuestra diaria obediencia, nuestro Ayudar nos ofrece dirección. Y cuando somos asediados por tiempos de dificultad o por las tentaciones, el Espíritu de Dios nos da fortaleza y aliento. El Espíritu Santo está involucrado de manera íntima y personal en nuestra vida. |
Cuando pedimos perdón por nuestros pecados y recibimos a Jesucristo en nuestra vida, cruzamos el puente para tener comunión con Dios.
Escuchamos decir a la gente que un Dios de amor no excluirá a nadie del cielo. Pero esta estrecha perspectiva ignora el hecho de que Él también es santo y justo. Debido a la santidad del Padre, Él no puede tolerar la impureza en Su presencia. Por tanto, el pecado, que es la desobediencia deliberada que pervierte al corazón, separa al hombre de Él. Además, la justicia de Dios exige castigo por el pecado, que es la muerte (Ezequiel 18,4; Romanos 6,23), que hace eterna la separación entre Dios y el hombre. Nosotros nunca podremos ser perfectos y tener, por nuestros medios, acceso al Padre. Nuestros esfuerzos por construir un puente por medio de nuestras buenas obras son inútiles, ya que inevitablemente destruimos ese puente por nuestro pecado. Pero, por su gran amor, Dios ha hecho una provisión que nos permite entrar a Su presencia: Él puso la cruz sobre la brecha creada por nuestra corrupción. El castigo por nuestro pecado tenía que ser pagado, y por eso el Padre puso todas nuestras transgresiones sobre Su Hijo, y lo envió a morir en nuestro lugar. Sólo Jesús, quien nunca pecó, podía ser el sacrificio perfecto exigido por Dios. Jesús murió para que pudiéramos vivir eternamente, y soportó la separación del Padre para que pudiéramos estar conectados para siempre con Él. Por su muerte, el Salvador satisfizo las exigencias de la justicia y demostró el amor de Dios por cada uno de nosotros. Cuando pedimos perdón por nuestros pecados y recibimos a Jesucristo en nuestra vida, cruzamos el puente para tener comunión con Dios.
Cuando estamos conscientes de la presencia de Dios con nosotros, se desarrolla la valentía en nosotros. Ésta crece cuando buscamos ayuda en Su poder. Sin el poder que Dios da, los problemas y el estrés nos agotarán emocionalmente y nos dañarán físicamente. Ese agotamiento nos deja espiritualmente vulnerables a los ataques de Satanás. Después de vagar durante 40 años, la nación de Israel estaba en ese estado. Debían haberles creído a los dos espías que confiaban en que la presencia y en el poder del Señor les ayudaría. Pero dejaron que su debilidad los hiciera vacilar, y se pusieron de parte de los diez espías que decían que los obstáculos en Canaán eran demasiado grandes (Nm. 13,26-32). En cambio, Pablo se enfrentó al tribunal romano después de sufrir grandes penalidades, pero no desmayó porque Dios estaba con él y lo fortalecía. En realidad, Pablo descubrió que el poder de Dios en su vida llegaba al punto más alto cuando él se hallaba en el punto más bajo (2 Co. 12,9, 10). Los momentos de desaliento y debilidad son oportunidades para recibir una abundancia de poder divino (Fil. 4,13). Someterse a los propósitos de Dios es el elemento final para desarrollar valentía. Pablo tenía un plan para cada circunstancia de su vida, aun las más difíciles, porque estaba consagrado firmemente a la tarea que Dios le había dado.